Gregorio Ordóñez. "Esta es una historia real"

Ayer fue presentado en Madrid el documental sobre la vida de Gregorio Ordóñez y quiero aprovechar la ocasión para relatar una vivencia personal relacionada con él.

Conocí a Gregorio Ordóñez pocos días antes de su asesinato a manos de ETA.
Me había desplazado al País Vasco designado por el Grupo Parlamentario Popular de Galicia para participar, como diputado, en unas jornadas sobre pesca que allí se celebraban. Yo tenía entonces 34 años. Él acababa de cumplir 36. Ya no cumpliría más.

Gregorio era diputado y concejal en el Ayuntamiento de San Sebastián, que fue nuestro punto de encuentro para una visita que él mismo nos guió. Apareció puntualmente, rodeado de sus guardaespaldas.
Recuerdo perfectamente que, durante el recorrido, en uno de los salones del edificio, mientras comentaba la situación que se vivía en su comunidad, nos sugirió que nos apartáramos de las ventanas. Era peligroso.
No me extrañó demasiado. Aquí, en Galicia, también convivíamos con controles y medidas de vigilancia. Incluso en Oleiros habíamos tenido algún incidente que requirió la intervención de la policía antiterrorista. Compañeros diputados y conselleiros aparecían en documentación incautada a la miserable banda.
Pero la situación allí era muchísimo más grave. Ser concejal, especialmente del Partido Popular, o miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, significaba jugarse literalmente la vida todos los días.

Volviendo a aquella visita, una vez alejados de los ventanales, Gregorio añadió que acababan de dejar amenazas de muerte en el contestador de su casa. No era la primera vez que lo amenazaban o insultaban, pero sí la primera en la que las amenazas eran explícitamente de muerte.
Con toda serenidad y con la simpatía que le caracterizaba, aseguró que no tenía miedo y que no iba a dejarse intimidar. Lo único que le preocupaba era su familia.

Los miserables cobardes de ETA lo asesinaron poco después, utilizando ese método vil que solo lo más inmundo de la condición humana es capaz de ejecutar.
Gregorio era un hombre valiente, comprometido con su ciudad y con su tierra; inteligente, extraordinariamente dinámico y vital. Una magnífica persona. Un chaval, visto desde la perspectiva de hoy.

Y hoy tenemos a esa misma escoria, por mucho que algunos intenten blanquearla porque la necesitan, condicionando desde el Congreso de los Diputados el futuro de España y de los españoles.
Ese fue el precio que pagó otro miserable, Zapatero, a una organización que ya estaba derrotada, pero que había dejado tras de sí una interminable estela de dolor y multitud de cadáveres.

Gregorio, no te olvidamos.

Entre rías

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